A esos extremos hemos llegado y no vale la excusa de la primicia por los excesos de «creatividad» que asumen los tituladores mejor llamados especialistas del marketing en los medios que se han encargado de acomodar el sentido de compromiso periodístico con su impacto mediático.  La misión de informar con criterio de servicio público y análisis de las aristas de esta noticia que tiene profundas implicaciones en el futuro de la ciudad es la lección que nos debe quedar.

Lo irónico es que una campaña de comunicación y manejo de redes -lo que se hace para generar una imagen- termine produciendo el efecto contrario, macondiano por donde se le mire.

También es cierto que la población mundial está adormecida por la sobre exposición a la información y los especialistas del caso lo saben.

La administración Distrital dio motivo para estar en boca del mundo y también se pronunciaron figuras del periodismo nacional como Daniel Samper Ospina, o como Alberto Salcedo Ramos… y los que faltan por hacerlo.

Si cargábamos cierta fama, ahora se consolidó y el estigma se podrá curar con trabajo serio continuado; si se producen hechos constructivos estaremos en la obligación de darle la misma divulgación. La misión de comunicación ahora es más dificil sobre todo de mayor responsabilidad. Su impacto irá en proporción directa a estrategias correctas y sobre todo transparentes.

Es la hora de cambiar la historia y para eso sirven estos sucesos fuera de serie que se desencadenan por acciones equivocadas.

Vemos ampliados sucesos por esta óptica deformada y ya nada nos conmueve o tal vez el desencanto generalizado de la población cansada de abusos de poder, de irracionalidad de los dirigentes, de absoluta falta de solidadridad del mundo empresarial, en resumen de la tiranía de los egos del poder. Contra todo ello debe luchar el periodismo para que su misión de informar se pueda cumplir: que mueva la conciencia colectiva y genere reacciones.

Acá gana el periodismo local que denunció el hecho: el periódico Seguimiento y el portal Zona Cero, medios que han venido denunciando lo que ven como irregularidades y que en la opinón pública vemos como información para autoridades que deben verificar lo que se afirma y actuar en correspondencia, es lo mínimo que se espera de un estado que se ufana de ser una democracia y que está en un período de transición de una guerra mantenida por más de medio siglo y que ahora emprende un proceso de paz entre sectores guerreristas sin comprender que las raíces del conflicto están precisamente en la base de la sociedad que actua en un estado sin control y con un sistema de justicia desprestigiado porque el aparato estatal es manejado por un sistema político desgastado y que no convence.

Pero el hecho el mundo lo mira como sucedido en un «poblado de Colombia», ni siquiera de la costa, de Colombia, que es el país de los excesos imposibles, de la lógica que inspiró al Nobel Garcia Márquez y que habló de 100 años de soledad y abandono, obra en la que tampoco se menciona a Santa Marta por su nombre -escasamente en dos de las obras del Nobel se habla de Santa Marta-

Una ciudad epicentro de conflictos y próxima a cumplir 500 años, en ella suceden hechos macondianos, dignos de otras tantas novelas que están por escribirse.

En ese ambiente la clase política ha manipulado a la opinión pública hasta que la comunicación global hizo estallar la burbuja por una ampolla virulenta y eso es lo que muestra la reacción al conocerse una historia que ya no se puede tapar: La ciudad dos veces santa  está manejada de una forma irresponsable, lo vemos en la crísis del suministro de agua para la población, la falta de planeación y el crecimiento poblacional sin control en lo que fue el entorno clave para el poblamiento de américa.

No juzgamos a nadie, porque con sus acciones se encargan de poner en evidencia la incapacidad para dirigir una ciudad y de paso comprometer seriamente los recursos que de haberse manejado inteligentemente, serían motivo de orgullo para esta región del mundo, de tal manera que ningún medio de comunicación se atrevería a mencionarlo como «un poblado en Colombia» sino por su nombre:Santa Marta.

Es el titular un recurso ¿literario? un gancho comunicacional que atrapa lectores y al final vende.

¿Qué vende? lo que se trasluce tras el hecho, la imagen de un lugar al que debes llegar con precauciones extremas o con espíritu aventurero de cazatesoros, tal cual como llegaron los piratas y conquistadores, los saqueadores, etc. Por eso es un poblado a donde se puede llegar a hacer lo que sea, porque todo está permitido. Ese señores es el efecto de la comunicación cuyos alcances se deben sopesar al platear porcesos comunicativos.

A propósito de los 400 años de la muerte de Cervantes, este también utilizó el recurso: «En un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…» Y miren la historia que se desarrolló y sigue desarrollandose en esa narración, la condición humana con todas sus profundidades y misterios insondables.

Los lugares son el sentimiento de la gente, su lucha existencial, su aprendizaje y campo de batalla para templar el espíritu. Su gente ha sabido tomar todo con alegría y el trabajo del Comunity manager de los 900 millones forma parte de las experiencias a superar para mirar el futuro con más inteligencia y seriedad. Definitivamente estamos en un lugar en donde todo se puede reinventar.

Media hora después CNN nos devuelve el nombre, replantea su titular…

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