Lentamente como transcurren los tiempos caribeños de la contemplación,  se percibe en el tono del atardecer el anuncio de la temporada de lluvia, amenazada por condiciones extremas como el niño y que ha motivado un «amable llamado» del Minambiente al ahorro de agua y energía.

Es como si la madre tierra se humectara lentamente, como si se tratara a un deshidratado, la forma en que la temporada de lluvia se deja caer, como besos retozones.

Con esa lúdica se está refrescando el manto verde, apaciguando al hostil pavimento de cemento en el que se transforman las ciudades como hornos y que se encarga de almacenar el exceso de radiación solar al que hemos estado sometidos durante 8 largos meses.

Lo conocen los marinos y se refleja en el ánimo general de la gente que fluye como la cumbia y si es constante termina frenético como el mapalé.

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